Cambios en el proceso productivo de las Industrias Culturales: creación, producción y distribución.

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Creación, producción y distribución de la cultura by Olivia Palacios.

E. Bustamante, nos advertía de las múltiples caras que emergen de la confrontación de las industrias culturales con la era digital.

Inmersos en los recientes hábitos de consumo cultural, los agentes creativos de la era analógica ansían nuevas posiciones en los soportes digitales para rentabilizar recursos y contenidos de masas de las antiguas industrias culturales para renovar su eficiencia original.

Asistimos a la visión de un paisaje de coexistencia entre productos y servicios culturales con antiguos y nuevos soportes. La aparente armonía se torna descompensación en cuanto a los cambios a acometer debido al impacto en la aparición y desarrollo de las tecnologías digitales. Es innegable el cambio en las bases, relaciones y equilibrios sobre las que se asentaban conceptos tales como: creación-producción y distribución.

Cuando M. Horkheimer y T. Adorno hablaron de industrias culturales en Dialéctica de la Ilustración, vislumbraron uno de los campos más dinámicos de la economía y la cultura mundial. Las llamadas IC adoptaron los modos de producción industrial gracias a que la tecnología permitía, además de la reproducción, su circulación a grandes distancias, la recepción tecnificada de sus contenidos y su expansión masiva lo que hizo posible su comercialización.

Las industrias culturales han sofisticado su producción encontrando circuitos globales de distribución de sus productos. Lo han acompañado procesos de consumo y de apropiación cultural que han convertido sus realizaciones en parte fundamental de la economía y la cultura global. Fueron definidas por la UNESCO como “un sector que conjuga la creación, la producción y la comercialización de bienes y servicios, en los cuales la particularidad reside en la inteligibilidad de sus contenidos de carácter cultural”.

Ya se entiendan como “un conjunto de ramas, segmentos, y actividades industriales auxiliares y distribuidoras de mercancías con contenidos simbólicos, concebidas por un trabajo creativo, organizadas por un capital que se valoriza y destinados finalmente a los mercados de consumo, con fines de reproducción ideológica y social” (Ramón Zallo, 1988), las industrias culturales disfrutan de unas características comunes: bienes y servicios culturales, que tienen como centro la creatividad.

Por escalones del proceso productivo pese a su interrelación paso a desglosar los cambios observados en la creatividad.

Sobre la creación.

Aparentemente se necesita talento y lo demás es secundario. Sin embargo, esta creación se atisba eventual y comercializada, ya que es el acto de creación lo que se va a comercializar en manos de la IC. Por ello no debemos considerarlas industrias de la reproducción. El eje creativo de las industrias culturales tiene diferentes expresiones, obedece a tradiciones culturales y estéticas diversas, convoca la presencia individual del creador o la de grupos de creación, suele ser un proceso en que se articulan esfuerzo de diferente naturaleza y en los que aparecen nuevas posibilidades y nuevos oficios.

Las IC vinculan la cultura con la economía, y a la vez ubican a la creatividad, en el contexto de una producción industrial avanzada. De mano de la tecnología, la economía asienta las bases de industrias cada vez más modernas, masivas y rentables.

La era digital parece estar demostrando cómo la creatividad crece gracias a la tecnología y las técnicas de marketing. Los fenómenos de fusión organizan de otro modo la propiedad de las industrias culturales. La creación de grandes corporaciones, junto a las posibilidades de la tecnología, que hacen posible la convergencia intermedial, generando empresas de información, cine, música, productoras de televisión.

Sobre la producción.

Sus cambios favorecen el abaratamiento de costes variables para los productos materiales tales como libros, discos, videos, prensa. Descienden las barreras de entrada de cada sector y la competencia entre nuevos actores aumenta. La demanda se ve favorecida por el abaratamiento de los precios y los “mejores” accesos a la cultura y la comunicación. Hacen aparición nuevas formas de financiación y enormes economías de escala que impulsan las IC hacia la concentración.

Se desmaterializan los productos editoriales con un notable abaratamiento de costes ante la multiplicidad de la oferta a disposición de los consumidores materiales e inmateriales. Cambian las formas de servicio los contenidos ya sea individual o empaquetada.

La producción se lleva a cabo a través de complejas cadenas productivas, y la difusión a partir de numerosas “ventanas” por las que circulan a la vez varias realizaciones culturales.

Sobre la distribución.

Para difundir y promocionar se necesitan soportes tecnológicos, medios, equipos técnicos, personal cualificado, es decir, el creador necesita una infraestructura que le permita su difusión y reproducción de la obra. El poder tradicional de los distribuidores se cuestiona, principalmente sus estructuras de poder que atenazaban los productos y el pluralismo del mercado. Luchando por mantener, adecuar y extender sus posiciones de poder, lo que favorece las alianzas intersectoriales. Las ventas off line encuentran límites, en las online la distribución se libera de la producción con consecuencias y rentabilidad más favorables para esta última.

Las tecnologías digitales sugieren una disminución de los costes de creación de contenidos y servicios, atractiva desde la oportunidad encaminada hacia una democratización y expansión de la creatividad. Pero todo cae en saco roto debido a la continua experimentación en nuevos formatos y sobre todo, de lenguajes con alcance minoritario. Esto es debido a que las grandes corporaciones no se resignan en cuanto al logro de beneficios a corto plazo y dirigen sus objetivos hacia colectivos independientes. Lo que se produce se consume y la rentabilidad aumenta.

Se entrecruzan los caminos de la economía y la cultura, y estas intersecciones suelen ser conflictivas. Existen empresas de contenido que se fusionan con empresas de tecnologías, dando lugar a poderosas organizaciones mediáticas con capitales inalcanzables.

En la producción cobra importancia el agregador de contenidos, ocupado del ensamblaje de los mismos para todo tipo de servicios culturales. Esta figura compite con el creador reivindicando sus propios beneficios.

Se da más importancia a producciones masivas que sólo se ven solapadas por las interactivas (segmentadas por gustos, tiempos y capacidades adquisitivas). La guerra de sistemas y estándares enraizados en proteccionismos e intereses económicos atenta contra la expansión de las nuevas redes y la democratización cultural.

La desintermediación de los mercados con el consumidor es la tendencia aunque encubierta con vías de re-intermediación. El beneficio y el poder del mercado siguen intactos frente a la competencia.

La ideología del “todo mercado” rechaza cualquier vía que mantenga reductos no comerciales. Todo ello choca con los usuarios/consumidores, su voluntad y conquista de prácticas y usos.

Junto a la existencia de productos culturales globales, la fragmentación de los contenidos y los mercados en segmentos apunta hacia una recomposición de esta relación global-nacional en algunas “empresas abiertas”.

Las industrias culturales comportan modos de vida, axiologías y sistemas de conocimiento. El núcleo de su negocio consiste en transformar contenidos culturales en “valores económicos”, de ahí su expansión irrefrenable y su importancia no sólo como factor cultural sino de crecimiento económico.

Su constante evolución como sistema de actividades de producción e intercambio cultural sujeto a las reglas de mercantilización, en las que el trabajo está más organizado entre los productores y sus productos, y entre las tareas de creación y las de ejecución, da lugar a una pérdida cada vez mayor de control de los artistas sobre sus creaciones.

Demasiados interrogantes quedan abiertos… ¿No os parece?

Edited by Olivia Palacios.

 

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